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Centenario Pablo Sarasate 1908 - 2008

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Biografía: Sarasate, el músico

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Sarasate, violinista: un virtuoso de su instrumento

En 1857, con tan sólo 13 años y recién llegado al Conservatorio de París, centro considerado en ese momento como la primera universidad musical del mundo, la prensa francesa habla ya de “su pureza de sonido y precisión, su altura de ejecución, con unos staccatos arrancados con máxima pureza y limpieza (…)”.

Nunca dio clases ni elaboró manuales o tratados didácticos sobre su instrumento, por lo que Pablo Sarasate fue considerado como un autodidacta por su temprana y fructífera pasión y su virtuosismo nato, cuyo maestro principal fueron sus propios y excepcionales dones de la naturaleza para tocar el violín. Por lo tanto, es difícil valorar su aportación técnica al instrumento, si no es por los comentarios de sus coetáneos o analizando  sus propias composiciones.

Sarasate ya era un excelente violinista cuando llegó a París. Y no cabe encasillarle en ninguna corriente europea. Sus biógrafos aseguran que en ese momento, “Sarasate tocaba como nadie lo había hecho hasta entonces ni lo hizo después”, lo que explicaría por qué nunca estuvo con diferentes profesores durante su aprendizaje. En los años 70 del siglo XIX, está a la cabeza de la escuela moderna de violín.

Su profesor en el Conservatorio de París, Delfín Alard, fue consciente de la extraordinaria capacidad de su alumno navarro y dicen que sólo pudo enseñarle a mejorar la postura corporal. La escuela francesa exigía sobriedad en este aspecto y Sarasate supo aplicarla a rajatabla. Distintas voces comentan de él que resultaría imposible “encontrar una elegancia más acabada. Sus gestos, sus movimientos eran discretos, reservados y elegantes tanto en su cuerpo como en su rostro y en la forma de colocarse el instrumento”.

En relación con la mano izquierda se caracterizó por “su uso abierto y calmado del vibrato”.

En el manejo del arco fue firme aliado de la escuela francesa. Buscaba siempre limpieza y claridad mediante el modo casi inmóvil de los dedos para sujetar el arco. “Sonido grande, amplio, limpio y potente unas veces, o dulce, suave y casi imperceptible, otras, pero siempre puro y fluido en el salto del arco”. Dominaba todos los golpes de arco y era muy característico su “saltillo”, efecto que se lograba aprovechando el rebote del propio arco.

Su afinación era correcta e impecable, con un sonido “cristalino, redondo, limpio, homogéneo y tenso, siempre fascinante”. A ello ayudaba la tensión que mantenía en las cerdas del arco, que favorecía algunos recursos técnicos como el sautillé.

A pesar de su virtuosismo y máximo dominio del instrumento, intentaba rehuir algunos efectos como las octavas y décimas digitadas y sus trinos, así como los pizzicatos con la mano izquierda.

La crítica más selecta señala en 1874 que “Sarasate, más que un virtuoso, es un gran artista (…) Justeza absoluta, mecanismo irreprochable, arco firme, vigoroso y variado, seguridad prodigiosa de ejecución, estilo lleno de grandeza y de expresión, esas son las cualidades  cuyo ensamblaje hacen de Sarasate uno de los primeros de este tiempo (…) Podría deseársele un sonido más poderoso, un poco más vigoroso, pero no se puede pedir más claro, más limpio y más puro”.

Julio Altadill recoge en la biografía del músico las cualidades maestras de Sarasate.  “Su irreprochable técnica, (…) la magia y fuerza de su arco, para herir vertiginosamente stacattos y rivalizar en sonoridad con el violoncello, la seguridad de su mano, la igualdad y brillantez de sus trinos, la maravillosa afinación de sus notas, aún de las más agudas, y su nítida emisión, aún de las más veloces, sus pasajes de doble cuerda y las combinaciones de notas de arco y pizzicattos, sus luminosas escalas cromáticas, sus armónicos, suavísimos y aflautados, su tono lleno y vigoroso, redondo y claro, sin estridencias ni rasguños, la figura, elegancia y seducción de su manera, la intensidad de su expresión, la pureza, el vigor, la limpieza, la transparencia, magnificencia, pastosidad de su sonido… Sus dedos eran estrechos y largos; manos, firmes y ligeras (…) su mano, nívea, tersa, transparente, sin asomo de surcos ni abultamientos; los dedos, menudos, finos y prolongados; falanges rectas, alargadas y potentes; extremidades como alas…”.



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