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Ciencia y poder, hoy y mañana Federico Mayor Zaragoza
Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). |
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Es precisamente debido a que se supone que la ciencia y la tecnología ponen a nuestra disposición futuros posibles, igualmente válidos... que la sociedad humana tiene que decidir, en base a sus valores, cuál será su futuro. Vivimos en una época en la que la ciencia demuestra su poder. El conocimiento que nos ha dado ha conquistado la distancia, abolido la miseria, reducido la enfermedad, y abierto las puertas al entendimiento de los misterios de la naturaleza. Como herramienta para descubrir "la verdad" -lo que "está detrás"- la ciencia no tiene parangón. Sin embargo, deberíamos ser cautos a la hora de celebrar sus triunfos de manera poco crítica, pues han sido distribuidos de manera desigual. En medio de la abundancia, hay miseria; las enfermedades hace tiempo conocidas por los médicos aún se llevan a los pobres y a los menesterosos; y en sus ordenadas explicaciones de los fenómenos naturales, la ciencia deja a muchas personas indiferentes o incluso alienadas. Lo que la ciencia nos dice puede ser cierto, pero no es la única verdad que importa. Los éxitos de la ciencia han transformado las relaciones entre la comunidad científica y el estado, ahora son mucho más complejas de lo que fueron algún día. Ninguna sociedad moderna es imaginable sin el apoyo de la ciencia y la tecnología, y esta relación va en ambas direcciones. La ciencia moderna ha acabado siendo tan grande y costosa que no puede sobrevivir sin las subvenciones del estado. Ambas partes se necesitan mutuamente, pero la relación entre ciencia y poder es incómoda. Los científicos quieren que la sociedad apoye pero no gobierne la ciencia, y sin embargo, hay una demanda de la población cada vez mayor de algún tipo de control social, nunca más evidentes que en los debates éticos sobre el genoma humano y la manipulación de los embriones. Los gobiernos, por contra, querrían planificar la investigación, dirigirla a propósito a áreas de indagación que creen pueden producir rendimientos económicos, un esfuerzo considerado como equivocado por muchos científicos. En palabras de Michael Polanyi: "El propósito de la ciencia no puede organizarse de otra manera que garantizando la completa independencia de todos los científicos maduros... la función de las autoridades públicas no es planificar la investigación, sino dotar de oportunidades para su búsqueda." La ciencia al servicio del poder Los historiadores, creo, identificarán la II Guerra Mundial como el momento de cambio decisivo en las relaciones entre la ciencia y el gobierno. Por ejemplo, el presidente de América de aquel tiempo reclutó el primer asesor científico de la Casa Blanca. Este tipo de designación era algo nuevo para aquellos que hasta ese momento habían vivido fundamentalmente de la investigación o de la enseñanza de la ciencia. Como consecuencia, la ciencia ayudó a derrotar a los enemigos de la libertad y de la democracia, a los enemigos que habían iniciado las hostilidades en un estado militar mucho más preparado, y habían realizado una gran inversión en el desarrollo de armamentos. Tras la guerra, la ciencia americana se convirtió en el eje central de la reconstrucción de escuelas, laboratorios, museos, y la industria tecnológica en muchas partes de Europa y en Japón. En nuestros días nos enfrentamos con un número de desafíos comparables en importancia a aquellos que llevaron a la ordenación de la disciplina científica en el período de guerra. La naturaleza de esos desafíos muestra duramente las limitaciones de los procedimientos tradicionales de planificación. Los problemas son cada vez más técnicos, requiriendo conocimientos especializados para su solución. Al mismo tiempo, son más complejos, menos predecibles y exigen orientaciones de carácter interdisciplinario. El ritmo creciente de los sucesos en el mundo de hoy demanda respuestas más rápidas y mejor información para la toma de decisiones. Finalmente, y mucho más importante, está la creciente naturaleza global de los problemas a los que hay que hacer frente. En áreas como el medio-ambiente, la salud, la energía, las telecomunicaciones, la educación, la política científica y la protección de la propiedad intelectual, no tiene sentido afrontar los problemas exclusivamente en términos nacionales. En un mundo que cada día es más interdependiente, la planificación tiene que asumir una creciente dimensión global. Considerados conjuntamente, estos factores demandan un nuevo enfoque en el que las virtudes científicas de apertura e internacionalismo tengan un papel más importante en la toma de decisiones. El modelo es todavía en gran medida tradicional, los expertos, en sus diferentes campos, asesoran de manera confidencial a los que toman decisiones cuyos intereses son, a menudo, más políticos que científicos. Es cada vez más evidente que este modelo va a dejar de ser útil. A través de sus crecientes aplicaciones, diversas y rápidas, la ciencia ha llegado a influir más y más en la sociedad, reivindicando en cierta medida fe en la empresa científica, pero dando lugar a dudas sobre su viabilidad última o sobre la capacidad humana de una gestión prudente de sus aplicaciones. El efecto de estos cambios ha sido la rendición del viejo modelo obsoleto de una relación entre dos actores: los científicos funcionando como un "República de la Ciencia" autónoma, mientras el gobierno planifica las decisiones en nombre de la sociedad como un todo. Cada vez más, la ciencia ha tenido que competir y responder a diferentes intereses sociales no siempre convergentes. Ha tenido que entrar en muchas relaciones colaterales con diferentes grupos sociales, incluida la industria, los departamentos gubernamentales no directamente relacionados con la investigación o la educación (por ejemplo, energía, medio ambiente, cultura, exteriores, defensa) y con los ciudadanos en tanto que consumidores y pagadores de impuestos. Esto ha sido complicado y ha ahondado las rivalidades dentro de la misma comunidad científica y tecnológica. La tradicional frontera entre la práctica científica y la política de la ciencia es cada vez más difusa: los problemas, aunque todavía de naturaleza científica, son económicos, culturales y políticos. El panorama se complica aún más debido al surgimiento de nuevos problemas que emergen del tipo de preguntas que se hace la ciencia, y en parte también, debido a la creciente diversidad y al impacto de las aplicaciones de la ciencia. Estos problemas, que tienen que ver, por ejemplo, con el medio terrestre, la gestión de riesgos en una era industrial y la biotecnología, plantean cuestiones éticas y de otro tipo que descansan fuera de los límites estrictos de la competencia del científico. Sin embargo, a pesar de esta creciente diversificación y complejidad de actores y problemas (y a pesar de un mejor entendimiento en los últimos años de las condiciones sociológicas y culturales que gobiernan la producción científica y tecnológica), la articulación entre ciencia y gobierno continúa basada en gran medida en concepciones de después de la II Guerra Mundial. En ésta, así como en otras facetas de la organización humana, la imagen que queda tras los sucesos y estructuras no está acorde con las realidades y necesidades. Aunque, el contexto en el que se produce el conocimiento científico ha cambiado de manera significativa, casi ningún gobierno esta preparado para hacer frente a la nueva situación. El problema se complica por el hecho de que los mecanismos de planificación de la ciencia y la tecnología no son adecuados en la mayor parte del mundo, tanto desarrollado como no desarrollado. La responsabilidad de las políticas de la ciencia y de la tecnología está a menudo dividida sectorialmente, lo que no conduce al desarrollo de una política integrada, o a una adecuada promoción de la investigación en las áreas frontera entre disciplinas tradicionales o situada en sus intersecciones. Cuando existe un ministerio de ciencia y tecnología o un organismo equivalente, no suele estar lo suficientemente separado de las políticas diarias como para mantener la perspectiva a largo plazo que se requiere en esta esfera. En general, hay una tendencia a sacrificar los intereses de la ciencia y de la tecnología por conveniencia, por ejemplo, a consideraciones económicas a corto plazo, o a la necesidad del gobierno de lograr resultados inmediatos para mantenerse en el poder. A esto no le ayuda el hecho de que la ciencia habla con múltiples voces. A pesar de su compromiso con la objetividad, los asesores técnicos pocas veces se ponen de acuerdo una vez que salen fuera del reino de la ciencia pura. "Cuando los temas relacionados con la ciencia y la tecnología tienen un fuerte contenido político ... vete al frente". Frederik Seitz, que fue presidente de la Academia Nacional Americana de las Ciencias ha dicho que, "siempre es relativamente fácil encontrar individuos con buenas cualidades profesionales para discutir, incluso con vehemencia, en defensa de cualquiera de las posturas". Esto confiere un poder excesivo a los que toman las decisiones que escogen en base a sus intereses y/o tendencias, utilizando la denominada evidencia científica en defensa de lo que de hecho es una decisión predeterminada. La falta de acuerdo entre los científicos refleja, desde luego, la complejidad de los problemas. Estos no vienen en paquetes ordenados por disciplinas y etiquetados como científicos, económicos, políticos y filosóficos: de forma invariable, suponen una compleja combinación de campos que requieren un abordaje integral para su solución. No se puede esperar que los científicos den por sí mismos una respuesta concluyente a estas cuestiones. Sin embargo, sigue siendo esencial que las decisiones, en temas específicos o generales, incluyan el consejo científico mejor y más "puro" posible. Al mismo tiempo, es importante que el espectro de asesoramiento experto se extienda para asegurar los "inputs" en el proceso de toma de decisiones de todas las áreas relevantes. Incluso motivados por el mejor deseo del mundo, las emociones y los sentimientos -a menudo basados en estereotipos- tienen un espacio limitado en este proceso, que debe de basarse en la medida de lo posible en los hechos científicos y la opinión experta. Lo anteriormente dicho, me parece que ilumina la necesidad de retomar con una cierta frescura la planificación de la ciencia y la tecnología, para llegar a unas relaciones entre la ciencia y el gobierno capaces de estar a la altura de las complejidades de hoy día. Lo que se requiere es alejarse de lo que se ha denominado "acciones resolutivas" -con las que el gobierno decreta las políticas basándose casi exclusivamente en la experiencia dada con la confianza de la comunidad científica y tecnológica- a un enfoque en el que el gobierno realmente tenga en cuenta las perspectivas de los diferentes protagonistas (incluidos los departamentos gubernamentales, y la comunidad científica y tecnológica) con sus diversos valores y puntos de vista. En este modelo, el gobierno decidiría sobre las políticas a través de un proceso de conciliación y síntesis. Esto implicaría una discusión libre y sin restricciones entre los expertos representantes de los diversos grupos relacionados con determinados temas de las políticas. Un enfoque así dotaría de una base de toma de decisiones más amplia y debería, al mismo tiempo, permitir una mayor apertura en la planificación de la ciencia y la tecnología. La institución de un sistema así, necesitaría acompañarse de otras medidas. Presupone una mejora en el acceso de todos los relacionados con la información, en la que se basará la discusión de los problemas, y por último, la toma de decisiones. En esta conexión, se debe considerar la creación de nuevos instrumentos -como indicadores informatizados de ciencia y tecnología- que ayuden a la elaboración de diagnósticos informados. Se debe realizar un esfuerzo para elevar el nivel general de cultura científica y tecnológica (o "alfabetización") para optimizar la participación y el apoyo social, tema sobre el que hablaremos más adelante. Una nueva articulación del tipo propuesto requerirá un cambio fundamental de actitud tanto por parte de los científicos como de los políticos. Los científicos tendrán que prepararse para abandonar parte de su tradicional hegemonía en la esfera de la asesoría política. Al mismo tiempo, deberán contribuir a desarrollar una mayor sensibilidad sobre el impacto político y social de las asesorías realizadas. Los políticos, por su parte, tendrán que ceder parte de su poder en la toma de decisiones a los expertos protagonistas, al mismo tiempo que aprenderán a aceptar la inevitable cuota de incertidumbre e inestabilidad de la asesoría recibida. Lo necesario, entonces, tal y como yo lo veo, es redefinir el rol del consejo del experto de tal manera que enfatice la importancia de la toma de decisiones sustentada científicamente, al mismo tiempo que se excluye cualquier versión idealizada de la iluminación a través de la racionalidad científica. El objetivo debe ser llegar, a través de la ordenación y confrontación de la asesoría en todos los campos relevantes, a una política y una normativa lo más robusta posible. En este sentido, debe tenerse en cuenta que la oportunidad es un factor esencial en la planificación. El diagnóstico en el que se basa la política debe ser lo más completo posible, pero tiene que realizarse a tiempo: si esperamos demasiado tiempo, "el paciente puede morir", o puede causarse un daño irreversible. La irreversibilidad es un criterio central que hay que tener en cuenta para una acción oportuna. Posponerlo puede llevar a un punto de no retorno. Es un problema de "ética de tiempo". Es el contexto más amplio de implantación de la política, pero se da en un contexto de creciente ingobernabilidad de las instituciones científicas y tecnológicas. Incluso en el sistema más simple de dos protagonistas, el increíble tamaño de las instituciones científicas y tecnológicas, con su multitud de centros de toma de decisiones, no permite un fácil control. Por esto hay que valorar la necesidad de reducirlas a proporciones manejables, de tal manera que las responsabilidades puedan establecerse con precisión y reducir el riesgo de solapamientos. Dicho esto tiene que evitarse la arrogancia de la sobreplanificación. La creatividad científica no puede regularse ni someterse al "ojo público" en cada uno de sus detalles. La investigación no es un proceso lineal. Es "ver lo que otros no pueden ver y pensar en lo que nadie antes había pensado" como me dijo una vez el Catedrático Hans Krebs en Oxford. Las decisiones políticas sobre determinadas áreas de investigación fundamental deben descansar en los científicos implicados. Esta autonomía es la condición de los avances cualitativos en el conocimiento que son tan cruciales tanto para las ciencias básicas como para las aplicadas. Este es, quizá, el momento de subrayar -apuntar una preocupación que difumina la relación contemporánea entre ciencia y sociedad- que el conocimiento por sí mismo siempre es positivo. El problema surge con su aplicación, que puede ser negativa e incluso perversa. Es en el nivel de investigación aplicada en el que tiene que tenerse en cuenta la cuestión del impacto social. Los que toman las decisiones tienen que estar preparados para promover la investigación básica por la misma razón que, en palabras de Bernardo Houssay, "no hay ciencias aplicadas si no hay ciencia que aplicar". Y tiene que aplicarse, como ya dijo Bertold Brecht, para mejorar la calidad de vida, y reducir el sufrimiento. Aplicada sin objetivo humano, como ya dijo Franco Ferrarotti, "la tecnología es la perfección sin objetivo". La relación entre ciencia y gobierno no es, desde luego, simplemente un problema nacional; hay una necesidad creciente de un enfoque mundial de la política científica. Muchos de los problemas, tal y como hemos visto, son de alcance internacional, pero la necesidad de un enfoque mundial se deriva igualmente de la existencia de una gran y creciente brecha en las capacidades científicas y tecnológicas de los mundos desarrollado y por desarrollar. Los frutos de la ciencia están todavía, distribuidos de manera desigual. La UNESCO, que de entre las agencias de las Naciones Unidas es la que tiene el papel de líder en este campo, ha estado intentando durante años estrechar esta brecha a través de la cooperación internacional. Esta se desarrolla de varias formas: asistiendo a los estados miembros en la formulación de estrategias de desarrollo científico y tecnológico; intercambiando formación en investigación e información en el área de la política de la ciencia y de la tecnología; contribuyendo a la popularización de la ciencia; concediendo premios a investigaciones destacadas y trabajos de popularización; publicando cada dos años la World Science Report, promoviendo una rápida transferencia del conocimiento a través de redes científicas (en biotecnología, biología molecular y celular, investigación del cerebro, etc.) y, por otro lado, a través de las presidencias de la UNESCO favoreciendo la cooperación internacional, a través de importantes asociaciones científicas como la ICSU, y facilitando el intercambio de expertos en programas mundiales como el programa hidrológico internacional, el programa oceanográfico, el programa de energías solar y renovables, el programa de medio ambiente (MAB), el programa microbiológico (MARCEN), el programa genoma-humano, y otros.
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