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Ciencia y poder, hoy y mañana
Federico Mayor Zaragoza |
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Durante los años de la guerra fría, el valor de la ciencia y de la tecnología tendió a construirse en términos de sus aplicaciones económicas y militares. Esto ha permitido a la investigación en muchas especialidades disfrutar de una era dorada de generosa financiación en naciones que vieron su supervivencia en términos de experiencia, pero también ha agrandado la brecha entre las naciones ricas y pobres. El final del capítulo de esta historia proporciona una buena oportunidad para sustentar la civilización en la paz y no en la guerra. La cuestión es si estamos tan dispuestos a pagar el precio de la paz como lo estábamos a pagar el precio de la guerra. La tan necesaria estrecha cooperación entre ciencia y gobierno puede florecer sólo en sociedades libres, así que anima observar el crecimiento de la democracia en los últimos años en todas las partes del mundo. Hasta ahora, el siglo XX nos ha mostrado el apogeo del Estado en varias formas totalitarias, y su desaparición como una respuesta aceptable a nuestros problemas. Fue Erich Fromm el que describió el totalitarismo como "la fuga de la libertad", por lo que quería decir que el estado del siglo XX a menudo refleja los miedos de la humanidad a asumir la responsabilidad de su propio destino. Por contra, ofrecía a la nación la seguridad de los líderes afirmando representar la inevitabilidad de la historia, y los elementos mejores y más representativos de la tradición nacional. Al expresar el miedo a la responsabilidad por el futuro, el totalitarismo prometía -a cambio de la renuncia a la libertad personal- una utopía garantizada que justificaría los sufrimientos del presente. En la marcha hacia esta utopía, a la ciencia y a la tecnología se les dio un papel de vanguardia. Sin embargo, la experiencia ha mostrado que el conocimiento científico no se puede ni comprar ni vender tan fácilmente. Durante un tiempo, y en la medida en la que la tecnología permaneció predecible, las planificadas economías centralizadas demostraron una brutal habilidad para imitar los éxitos logrados en otros lugares, llegando incluso a excederlos. Muchos intelectuales occidentales que visitaron la Unión Soviética en los años 30 compararon la resolutiva actividad allí, con la apatía de las democracias, y no ocultaron sus preferencias. En un mundo dominado por el carbón y el acero, la economía ordenada logró algunos éxitos, a costa de una gran miseria humana. Pero cuando el foco del desarrollo se dirigió a las industrias basadas en nuevos conocimientos de electrónica, agricultura, biología y biotecnología, tuvieron que pagar el precio de haber suprimido el pensamiento libre a través de la acción. Las planificadas economías centralizadas, a pesar de todas sus afirmaciones de ser "científicas", perdieron la batalla al usar la ciencia como un instrumento, obscureciendo su verdadera naturaleza. La lección es que nadie, a pesar de su poderío o de estar bien informado, puede saber con certeza qué ideas científicas formarán el mundo del mañana. Sólo permitiendo a los científicos libertad de acción para dejarles ir allá a donde su curiosidad les lleve, podremos estar seguros de que la ciencia florecerá y de que nuestras economías florecerán con ella. Desde luego, los problemas que deben de afrontar las sociedades en transición desde la opresión no pueden resolverse simplemente apelando al libre mercado, a pesar de haberse probado efectivo. Las reformas emprendidas en los países del este de Europa, así como en ciertos países latino americanos o africanos, parecen poner demasiada esperanza en una rápida transición al modelo de libre mercado. Emprendidas en un contexto de considerable endeudamiento, débiles instituciones de planificación y con monedas y mercados inciertos, la gestión de transiciones tan complejas no es un tema fácil, sobre todo cuando falta la memoria histórica de la "cultura de la libertad". El mercado libre en sí mismo -el denominado la Mano Invisible- ni garantiza la cobertura de las necesidades a largo plazo ni asegura un mejor uso de los recursos humanos. La cuestión es si tenemos el conocimiento adecuado para idear métodos sólidos de pasar de economías planificadas centralizadas a un mercado más libre pero menos humanizado. Se requiere una perspectiva a largo plazo, basada en invertir ahora para evitar catástrofes futuras, tanto por razones prácticas como éticas. Esta es mi reflexión más importante, pues aquellos que han sufrido bajo la sombra de la opresión o, de la pobreza extrema, se sentirán defraudados si sólo les ofrecemos las reglas del mercado libre. Compartir el conocimiento: la ciencia como un fenómeno de masas El éxito de la ciencia se basa en compartir el conocimiento. Sólo con la publicación de los resultados y un análisis mutuo de las ideas podremos estar seguros de que nos movemos en la dirección adecuada. Los científicos individuales con "don" pueden tener el ánimo de ir por su camino, pero no lograrán nada a menos que sus teorías tengan en consideración lo que se esté haciendo en otras partes. El grado en el que se comparta el conocimiento, tanto dentro de las naciones como entre ellas, determinará nuestro triunfo. Como científicos, muchos nos damos cuenta de manera dolorosa, de que tratamos, en nuestros laboratorios y aulas, e incluso en nuestro papel como funcionarios, con realidades y construcciones de la realidad que van más allá del "sentido común" cotidiano de la naturaleza que subsiste en cada uno de los pensamientos y acciones de cada día. Los científicos y los que trabajan con ellos, habitan en una intensa y dinámica comunidad intelectual que ha internalizado las rupturas más recientes en el conocimiento científico como parte de la cartografía de la realidad cotidiana. Sin embargo, la sociedad, líderes incluidos, permanece años atrás en su entendimiento de los fenómenos naturales y de la dirección hacia la que se mueve la ciencia. El analfabetismo científico es uno de los problemas centrales que hemos de afrontar. Los líderes elegidos no tienen ni el tiempo ni los recursos para aprehender la complejidad biológica o medioambiental, aunque se les exija tomar las decisiones presupuestarias y políticas que determinarán las prioridades educativas, científicas y ecológicas venideras. Los votantes son incapaces de tomar decisiones racionales sobre temas que requieren un conocimiento científico básico, pues a menudo carecen de él. El problema va más allá de la alfabetización científica, o para expresarlo de una manera más educada, la ausencia de una cultura científica inmersa en nuestra cultura política. Una sociedad que no está preparada no puede verdaderamente gobernarse a sí misma, ni puede planificar el futuro de sus hijos. Vivimos en una sociedad que depende de la ciencia y de la tecnología sin entenderla realmente. En enero de 1992 en la primera página del The Times Higher Educational Supplement aparecía un artículo que citaba la opinión de "los principales académicos y escritores" del Reino Unido sobre los diez "textos esenciales para una persona instruida". Uno buscaba en vano algo científico en esta lista. No se mencionaba a Charles Darwin o a Albert Einstein o a Neils Bohr; para ser una verdadera persona educada, según esta definición, no hace falta haber leído nada de ciencia. Como en su día dijo el genetista Richard Dawkins: "Ser instruido es sinónimo a estar instruido en humanidades". Las encuestas nos cuentan la misma historia. Al verificar en una encuesta el conocimiento científico básico, se encontró que menos de un tercio de los británicos, y un 43% de los americanos, sabían que los electrones eran más pequeños que los átomos. Casi un tercio de los británicos encuestados, y una cuarta parte de los americanos, creían que los antibióticos mataban tanto a virus como a bacterias. No pretendo criticar a ninguna nación en concreto: no hay razón para suponer que estos resultados serían diferentes si las encuestas se hubieran realizado en otros países. Tampoco es la antipatía e ignorancia de la ciencia y la tecnología nada nuevo. Tendemos a pensar en el siglo diecinueve como un periodo de confiada expansión, gobernada por ingenieros. Pero incluso entonces hubo una fuerte corriente de oposición. Es fácil reírse del Duque de Wellington, que se opuso al desarrollo de los ferrocarriles pues, dijo, "permitirán a las clases bajas merodear libremente por el país". Pero él no era el único. El novelista francés Gustave Flaubert elaboró una lista de las cuatro fechorías más grandes de la civilización moderna: "ferrocarriles, fábricas, químicos y matemáticos". Sin embargo, él usaba felizmente el tren como una forma cómoda para encontrarse con su amiga Louise Colet, que vivía en París mientras él vivía cerca de Rouen. Se encontraban a mitad de camino, en Nantes, tras un viaje de dos horas en vez de un día de viaje en un polvoriento carruaje. Uno podría esperar de Flaubert un mayor agradecimiento al tren pero no era así. Muchos de nosotros mantenemos ese doble estándar. Disfrutamos de los beneficios de la tecnología al mismo tiempo que permanecemos ignorantes a su funcionamiento interno. Tenemos una sociedad en la que, en palabras de Martín Weiner, aceptamos la apariencia exterior de la modernidad sin la convicción interior. Pocas personas saben, o no les preocupa, lo que ocurre bajo la carrocería de sus coches, o al otro lado de los cables de alta tensión que llevan la electricidad a sus casas. Para ellos todo es parte de una conjura. La ignorancia es perdonable, y desde luego inevitable. Pero afirmar que el mundo era un sitio mejor cuando la ignorancia era universal, es perverso. John Ruskin, el moralista y esteta del siglo XIX, ayudó a establecer una visión anti-industrial, incluso cuando los grandes ingenieros estaban transformando el mundo a mejor. Mantenía que el crecimiento industrial no había cambiado las verdades fundamentales de la vida.
Ver crecer el maíz, asentarse los capullos; trazar firme el aliento sobre el arado o la azada; leer, pensar, tener, desear, rezar... La prosperidad del mundo depende de nuestro conocimiento y de la enseñanza de estas pocas cosas, pero basarla en el hierro, el cristal, la electricidad, o el vapor, no es sabio. El lenguaje es precioso, pero su sentimiento no tiene sentido. Ruskin pintaba el mundo como una elección: entre la estabilidad o el cambio agitado, entre la contemplación pastoral o el infierno industrial. No dejó duda en torno a sus simpatías. Sus valores se repiten de manera inconsciente por muchas personas hoy en día, desde los ecologistas a los defensores de los derechos de los animales y aquellos que se oponen a la experimentación genética en el nombre de la santidad del hombre. La característica común de estos grupos es su asunción de argumentos de la más alta moral. Contra estos enemigos la ciencia necesita estar en constante alarma. No hay nada intrínsecamente inmoral en la tecnología o en la industria: no se debe permitir dictar los términos del debate a los herederos de Ruskin. Es imposible dar a cada una de las personas un profundo discernimiento en todas las áreas importantes y polémicas de la ciencia y la tecnología; imposible porque incluso los mismos científicos no la poseen. Un biólogo celular no entiende la física de la partícula; es poco probable que un metalúrgico tenga algo más que un una ligera noción de genética; y apenas hay quien entiende del maravilloso mundo de la alta matemática. Lo que distingue especialmente a los científicos e ingenieros no es su conocimiento sobre campos diferentes al suyo propio, sino su convicción de que podrían entender de ellos si quisieran; una confianza que generalmente no es compartida por los no-científicos. Esta es la esperanza que debemos tratar de transmitir lo más ampliamente posible. Cuando las ideas científicas se dirigen a lo que preocupa e interesa a los ciudadanos, parece evidente que estos muestren una habilidad impresionante para localizar la información y traducirla a usos que consideran útiles. Un ejemplo interesante de esto es la conferencia anual del SIDA, de las que se han realizado diez desde que la enfermedad desafiara a la comunidad científica a encontrar una respuesta a mediados de los 80. Dedicadas a ser espacios de encuentro para discutir las investigaciones en marcha, las conferencias también incluyen a muchas personas HIV-positivas, o que se ocupan de las víctimas del SIDA. Estas personas no son científicos, pero debido a la inmediatez que estos problemas tienen para ellos, rápidamente se familiarizan con las investigaciones más recientes en los campos de la virología e inmunología, dos de las disciplinas científicas más complicadas. Los activistas del SIDA hacen la vida difícil a los científicos, con sus, a veces irrazonables, demandas de un progreso más rápido. Pero también la hacen más estimulante, y contribuyen a asegurar que la investigación se centre en los verdaderos problemas. La experiencia del SIDA ejemplifica lo que estudios académicos nos han mostrado sobre la adquisición del conocimiento científico. Según el Dr. Bryan Wynne de la Universidad de Lancaster: "La capacidad de absorción de la ciencia por parte de los ciudadanos no depende tanto de su capacidad intelectual como de factores socio-institucionales relacionados con el éxito social, la confianza, y la negociación como opuestos a la autoridad impuesta". Esta brecha entre lo que los científicos saben y lo que la población entiende es una de las más grandes amenazas para lograr una ciencia transparente y una política pública. Albert Einstein dijo en 1931 a la audiencia del CalTech:
La preocupación por el hombre en sí mismo y por su destino debe ser siempre el máximo interés en toda empresa técnica... para que las creaciones de nuestras mentes sean una bendición y no una maldición para la humanidad. Nunca olviden esto en medio de sus diagramas y ecuaciones. En el lado científico, en los laboratorios y las aulas, debemos compartir el reproche por la falta de difusión de nuestros hallazgos y preocupaciones a las sociedades en las que vivimos. En el otro lado, sin embargo, la dirección política -local, nacional, e internacional- también debe asumir la responsabilidad de dejar a la ciencia en un gheto de estricta especialización, a pesar de su importancia central en el mundo que nos rodea. Se comparte la responsabilidad del analfabetismo científico, y la solución a un estado de ignorancia crónica o sensacionalismo extraviado, tiene que hayarse en el espacio de encuentro entre científicos y líderes sociales. No hay respuestas fáciles, pero está claro que la alfabetización científica debe tratar de proporcionar por lo menos tres cosas. Primero, un panorama completo de los diferentes problemas; una visión desde ángulos diferentes; sobresimplificar la complejidad puede producir percepciones falsas que lleven a tomar decisiones incorrectas. Sólo un enfoque integral puede ayudarnos a evaluar, en toda su complejidad, las diferentes opciones que se abren ante nosotros. Un buen ejemplo es el de las fuentes energéticas: los costes y riesgos de una central se evalúan por la mayoría de los economistas como si el carbón fuera un recurso renovable, cogido del árbol como una naranja. El carbón, sin embargo, no es renovable. Otros ejemplos son estos: ¿podemos dirigir seriamente los problemas de los países en vías de desarrollo sin tener en cuenta un comercio internacional justo?, ¿o podemos tratar de mejorar la educación de las mujeres rurales sin proporcionar a sus pueblos pozos y taladros para obtener un suministro de agua pura? El segundo, también supone una visión de futuro, hay que considerar que en todas las cuestiones importantes el factor más frágil y efímero -biológicamente al menos- es el que toma las decisiones. La mortalidad es parte de la existencia humana, y debemos aprender a pensar en los derechos humanos intergeneracionales de nuestros hijos y de sus hijos. Tercero, se requiere una perspectiva histórica y global para no olvidar que existe un pasado que ha forjado nuestro comportamiento y que, bien entendido, puede utilizarse para cambiar nuestra manera de ser. Nada está predeterminado por alguna lógica mecánica de la historia: todo depende de lo que hacemos aquí y ahora. Éste es el legado que podemos dejar a nuestros descendientes. ¿Es utópico pensar seriamente sobre la ciencia como parte de la cultura popular?. Pienso que no. La UNESCO ha centrado recientemente los programas de recursos y presupuesto en cuestiones tan fundamentales como la Educación Básica para todos, la Investigación Medioambiental y la Educación Medioambiental, pasos que creo ayudarán a situar a la ciencia en el centro de la cultura de cada uno. Además, creo que el enfoque de la UNESCO de asociarse con las comunidades profesionales es un intento de cerrar la brecha entre lo político y lo científico. Finalmente, no podemos concebir un mundo armonioso y estable sin científicos del calibre más alto trabajando y enseñando incluso en los espacios más pobres. La alfabetización y la alfabetización científica harán un largo camino para resolver muchos de los problemas de los países más pobres. La Ciencia en los medios de comunicación de masas Hace cuarenta años el novelista C. P. Snow declaró que vivimos en un mundo de dos culturas. Una, la artística, que generosamente aparece en periódicos y en radio y televisión, mientras la otra, la científica, debe de hacérselas con mucho menos espacio. ¿Por qué uno está profusamente expuesto y el otro frecuentemente fuera de juego?. Es peligroso generalizar, pues en algunos países la prensa está más abierta a artículos científicos que en otros, pero en general, es cierto que la ciencia ocupa menos espacio de lo que su importancia merece. En televisión, la desproporción es aún más grande. Hay verdaderas razones por las que la cobertura de la ciencia no va nunca a igualarse a la de las artes. El grueso de la cobertura de las artes no son noticias, sino críticas. La ciencia no es un arte de espectáculo, para ser criticado por los expertos, ni es un deporte de exhibición. Trata de ideas, y las ideas nuevas e influyentes van siempre a ser escasas, tanto en el arte como en la ciencia. Si se obligara a los críticos de ópera a escribir sólo sobre las óperas nuevas, y nunca sobre las reposiciones de las ya conocidas, lo pasarían mal; sin embargo, esto es lo que se espera de los que escriben sobre ciencia. No se pueden elaborar simples cuentos sobre las mismas pocas ideas y personalidades que proporcionan a los escritores políticos con material de trabajo. De una historia sobre ciencia se espera que contenga información nueva y, a pesar de la gran cantidad de ciencia que se hace, es raro que aparezcan auténticas e interesantes ideas nuevas. Sin embargo, dicho esto, hay que mejorar la difusión de la ciencia en los medios de comunicación. Hacerlo exige conocimiento de la dinámica de la cosecha de las noticias, y la manera en la que un periódico o un noticiario se organiza. Muchos desarrollos científicos pueden ser interesantes, pero no se difundirán ampliamente a menos que satisfagan unas simples pruebas. Como por ejemplo: ¿A cuántas personas puede afectar? ¿Cambiará algo? ¿Se sentirá alguien enfurecido o ultrajado por él? ¿Tiene implicaciones en la política gubernamental? ¿Será, con esa frase mágica, "un tema de discusión" algo de lo que la gente hablará en casa o en el trabajo? ¿Es tan escandalosamente improbable que simplemente no es plausible?. Hay suficientes razones para decidir si una historia cumple o no con estos criterios, los periodistas lo aprenden con la experiencia. Estas razones, a menudo, parecen extrañas a los que están fuera del circuito de los medios de comunicación. Un problema concreto es que los periódicos trabajan con una perspectiva a corto plazo, y rápidamente pierden interés en los temas científicos sobre los que se dan múltiples vueltas y no acaban de resolverse. Dado que incluyen muchos problemas urgentes como la degradación medioambiental y el "sobrecalentamiento" global, existe el peligro de que se engañe a los ciudadanos. Pero los periódicos quieren respuestas, no prudentes ejercicios de indecisión. El crecimiento explosivo de los nuevos medios de comunicación ofrece muchas oportunidades. La comunicación, la información y la informática se están fusionando para crear formatos nuevos -como los multimedia- y métodos nuevos de acceso a la información a través de las telecomunicaciones. Los satélites y la comunicación por cable han aumentado el número de canales de televisión disponibles, y también han enriquecido esta fusión. El canal satélite Discovery, por ejemplo, que ahora está ampliamente disponible, se consagra a programas sobre ciencia, tecnología y naturaleza. La revolución de la información va a ofrecer extraordinarias oportunidades en la transmisión del conocimiento, y en las técnicas de educación a distancia y no-formal. Para lograr todo su potencial, sin embargo, la expansión de los medios de comunicación debe ir emparejada a un crecimiento comparable en variedad y calidad. Por cada canal Discovery es probable que haya muchos más que oferten la misma combinación de concursos, series y comedias a las que ya estamos acostumbrados. Por supuesto, que no hay que despreciar el entretenimiento popular, pero el poder del medio es tal que sería una grave pérdida si eso es todo lo que proporciona. La creciente naturaleza global de los medios de comunicación impone nuevas obligaciones. Los productores, editores, operadores y programadores tienen que ser conscientes de sus obligaciones éticas, pues su producción no entiende de fronteras. Como resultado, la mayor parte de las normas que tradicionalmente han gobernado la radiodifusión se vuelven cada vez menos obligatorias. En el mundo de los nuevos medios de comunicación, la ética profesional y una mejor formación va a tener que ocupar el lugar de las leyes gubernamentales.
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