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Profile of the neurotic personality and its prevention in adulthood J. Folch i Soler Centre de Salut Mental Infantil i Juvenil. Comarca d'Osona.Vic. Catalunya.
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CONCEPTO Y ETIOPATOGENIA Consideraciones previas De
entrada recordemos que los tratados psiquiátricos internacionales (DSM-IV
y CIE-10) han substituido las neurosis por los trastornos de ansiedad y
además no contemplan los trastornos de personalidad hasta los 18 años.
De ello se deduce que el trastorno neurótico de la personalidad en los
niños y adolescentes no consta como tal en las clasificaciones
internacionales. Somos
conscientes que con nuestra propuesta nadamos contracorriente.
Intentaremos razonar el por qué de nuestro criterio y describiremos
sucintamente el trastorno neurótico de la personalidad en los niños y
adolescentes. Advertimos
que no vamos a referirnos a ninguna de las formas clínicas de las
neurosis descritas (de ansiedad, depresivas, fóbicas,
obsesivo-compulsivas, hipocondríacas, histéricas, asteniformes o traumáticas). El inadaptado que sufre sin motivo Definir
el concepto de personalidad neurótica en la infancia no es fácil ya
que se solapan los conceptos de inmadurez, inseguridad, celotipia,
ansiedad y conducta inadaptada, que podríamos considerar más o menos
normales según sea el perfil personal del paciente, su edad y/o el tipo
de educación recibida. Si
estamos de acuerdo en que los niños son fruto del diálogo con el
ambiente, frente a una conducta inadaptada, presuntamente neurótica,
tendremos que considerar cómo es este niño, cómo le ha tratado el
ambiente y lo que es más importante, cómo ha vivido esta relación. Uno
de nuestros maestros, el Dr. Jeroni de Moragas, agrupaba los trastornos
neuróticos bajo el concepto de inadaptación. El adaptado, decía
Moragas "es el que sabe acomodarse a unos deseos que le sean
posibles en el mundo donde vive. Y que nadie suponga que esta acomodación
es una actitud pasiva. Al contrario, será una lucha férrea, constante,
sin descanso, como la del náufrago que bracea para sostenerse a
flote". Veremos que el neurótico fracasa precisamente por eso,
porque no lucha. Estamos
de acuerdo con Moragas en que para diagnosticar un niño o adolescente
con un perfil neurótico debe haber una inadaptación de la conducta (a
menudo más manifiesta en el hogar), que traduzca un sufrimiento o una
angustia aparentemente inmotivada. Sabido
es que este sufrir (y hacer sufrir a los familiares más cercanos) sin
motivo aparente es la característica principal del trastorno neurótico
que, a su vez, origina el cuadro conductual que describiremos más
adelante. La adaptación y la inadaptación Los
padres, cuando describen los problemas del hijo, lo plantean como ligado
a un aparente retraso madurativo (por la persistencia de conductas
infantiles que deberían haber desaparecido) en chicos o chicas
inteligentes, sin enfermedades orgánicas ni problemas biográficos
graves. Y surge la pregunta: ¿Por qué mi hijo se porta tan mal si
tiene todo lo que necesita? Y aparece el sentimiento de culpa: ¿En qué
nos hemos equivocado? Estas
impresiones paternas, las corroboraba Moragas, cuando afirmaba: "La
inadaptación es el resultado de una interrupción del proceso evolutivo
del niño que ha quedado detenido en un nivel que por su edad ya no le
corresponde". Cómo se consigue la adaptación Si
nos planteamos qué necesitamos los humanos para madurar, llegaremos a
la conclusión de que una vez cubiertas las necesidades físicas y
psicológicas, sólo es cuestión de tiempo. Pues si esto es así, ¿por
qué a pesar del paso del tiempo, el neurótico queda
anclado en su inadaptación? Es
evidente que hemos de adaptarnos al ambiente extrauterino después del
parto. Si no somos neuróticos lo conseguiremos en un grado más o menos
aceptable. También es verdad que todos tenemos algo de neuróticos,
pero el problema aparece cuando, por poseer determinados marcadores genéticos
(que algún día un científico nos va a desvelar) el pequeño neurótico
se convierte en un incordio, sin que se pueda demostrar (por ahora) ningún
trastorno orgánico responsable de tan notable desaguisado. En
este análisis etiopatogénico, dejamos voluntariamente de lado los
graves trastornos neuróticos de la personalidad reactivos o traumáticos
(por problemas carenciales, malos tratos, abandono, etc.), aunque en su
evolución y manifestaciones clínicas tengan un perfil semejante. Empieza el problema A
veces, durante el primer año de vida, los neuróticos presentan
dificultades alimenticias, duermen mal, son llorones en exceso, etc. Son
aquellos síntomas inespecíficos, que a nuestro experimentado pediatra
le hacen murmurar: será un niño "nervioso". Otros
tienen un feliz desarrollo hasta los 18 ó 36 meses, en que pueden
aparecen problemas dérmicos (eczemas, atopias) o alérgicos, asociados
a un negativismo desafiante fuera de lo corriente, con unas rabietas de
campeonato y una tozudez extrema. Estos
problemas se agudizan en el ambiente familiar aunque las quejas también
pueden proceder del jardín de infancia o del parvulario. De los dos a
los cinco años, la conducta puede llegar a ser insoportable. Uno espera
que el pequeño haga el cambio. Y el cambio no llega. ¿Qué creemos que
está pasando? Si
la adaptación de los niños al mundo se aprende con el paso del tiempo
y la educación recibida, ¿por qué los neuróticos fracasan en el
intento? Influencia del ambiente Aunque
ambiente es todo lo que nos rodea, centrémonos en la familia y la
educación recibida. En este terreno, valoramos como fundamental la
seguridad que proporcionan las figuras paternas: estamos hablando del
afecto gratificante, la tolerancia tranquilizante, la coherencia que
proporciona un ambiente estable y el toque firme e imprescindible de la
autoridad parental. Con
estos ingredientes, que funcionan como cuatro pilares en los que se
sostiene la llamada, por nosotros, "mesa de la seguridad" (más
otros estímulos educativos), el niño avanza, progresa en su
autoestima, se desprende, se tranquiliza, aprende, se responsabiliza,
etc. En resumen, se adapta. La
seguridad, básicamente a través del afecto recibido (aunque
insistimos, no únicamente), es como un nutriente que llena nuestro
recipiente afectivo. Nuestra teoría etiopatogénica: el depósito afectivo Permítannos
una metáfora: Todos, al nacer, tenemos un depósito al que va a parar
el afecto recibido del ambiente. El afecto de mayor calidad es, sin
lugar a dudas, el de los padres. Imaginemos que el afecto es un fluido líquido
y denso. El
recipiente en cuestión tiene, de nacimiento, una base inmadura, mal
acabada (como tantos aspectos del bebé que están por desarrollar),
como si fuera un filtro; es decir, un auténtico colador. El afecto
entra, pero sale por la base perforada. El
niño, sediento de afecto, no acaba de tener lleno el envase y pide más.
Desea saciarse de afecto, se muestra egocéntrico, intolerante a las
frustraciones, celoso, etc. Es la imagen del pequeño, que muestra su
normal inmadurez en todos los aspectos, incluido el conductual y
emocional. ¿Qué
pasa con el tiempo si las cosas van bien? Que la entrada del denso
fluido afectivo con continuidad, va dejando unos residuos sólidos que
van obstruyendo la base de nuestro depósito afectivo, de tal suerte que
se llega a una edad, sobre los cinco años, en que el fondo está
suficientemente solidificado y el depósito se puede llenar hasta
rebosar. En
estas circunstancias, el pequeño, educado en un ambiente sano en el que
se ha sentido querido a tope, rebosa afecto y está en condiciones de
querer a los demás. Podríamos decir que le sobra afecto por lo que está
en condiciones de darlo a los demás. Dar afecto es darse uno mismo, es
ser capaz de superar el egocentrismo infantil para querer al otro y sin
nada a cambio. Es decir, se siente amado y es capaz de amar a los demás. Psicología y psicopatología evolutiva En
este momento, el niño sano, no neurótico, superada la primera infancia
(los dos primeros años), en la que ha vivido un crecimiento vertiginoso
en todos los órdenes y la segunda infancia (de los tres hasta los
cinco) en los que habrá liquidado la etapa egocéntrica de oposición,
resistencia y negativismo (propia de la afirmación del yo personal),
entrará en la tercera infancia (de los seis a los doce años) en la que
el niño se abre a la comunidad y alejado de la etapa egocéntrica, será
capaz de conseguir una adaptación socio-familiar propia de su edad:
tendrá autonomía en los hábitos cotidianos, ayudará en las tareas
domésticas, será capaz de abrirse a los demás, de comunicarse en
grupo, de relacionarse en diversos ambientes, de esforzarse y trabajar
en la escuela, de aceptar las reglas del juego establecidas, etc.,
entrando así en la definitiva etapa de la adolescencia que le
catapultará a la vida adulta. ¿Qué le pasa al niño neurótico? Pues
que, por la razón que sea (creemos que los factores genéticos y
ambientales se suman, en una proporción variable) no ha cerrado bien la
base del depósito afectivo, y vive con un nivel de satisfacción
emocional a todas luces insuficiente. Queda anclado en una permanente
solicitud afectiva, egocéntrica, impropia de su edad, y su sufrimiento
se traduce en una conducta inadaptada inequívocamente neurótica. El
persistente conflicto con su entorno, si no recibe la ayuda necesaria
(diagnóstico y tratamiento adecuado) provocará la cristalización de
su funcionamiento neurótico (yo soy así y no puedo remediarlo), con el
que llegara a la adolescencia. Consideramos
raro, aunque puede darse, que un perfil neurótico se inicie en la etapa
adolescente. La desorientación de los padres Los padres no entienden la demanda afectiva del niño, la búsqueda de protagonismo, los celos, la dificultad de tolerar la frustración, las rabietas, el malhumor, etc., cuando el niño es el primero de la familia en todo, el que tiene más, el más atendido, ayudado, besado y cuidado. ¿Qué
está pasando? Si
consultan, es fácil que se les diga que su hijo está haciendo una
demanda afectiva, o que está necesitado de cariño. El diagnóstico
descriptivo es certero, pero se omite o ignora la causa. El
bajo nivel afectivo que trasluce su conducta no se debe a que reciba
poco afecto, sino a que no lo aprovecha, no lo digiere bien, o no lo
metaboliza. Siguiendo con el símil del depósito, lo que ocurre es que
lo pierde porque el neurótico tiene agujereada, aún, su base. Este sería,
metafóricamente hablando, el problema causal del inexplicable trastorno
neurótico. Personalmente,
creemos que en algunos casos el condicionante genético es muy
importante; en otros, menos, pero siempre lo hay. También creemos que
hay una parte conductual que es aprendida, y sobre ella se debe plantear
el tratamiento familiar, individual o grupal. El
perfil de la personalidad neurótica sería el de un niño que cumplidos
los cinco años vive una sensación de carencia afectiva (con lo que
hace demandas en este sentido) y se muestra insatisfecho, egocéntricamente
protagonista e intolerante a las frustraciones. Además, según el caso,
puede acompañarse de ansiedad, inquietud, malhumor, indisciplina,
agresividad o pereza, con la idea más o menos consciente de que uno es
así y que no puede cambiar. La
personalidad neurótica se estructura a partir del "no puedo"
repetido una y mil veces: -
No puedo, no tengo fuerza, pobre de mí... -
La baja autoestima le paraliza. -
Tiene miedo a avanzar, a comprometerse, a esforzarse... -
Repetidamente fracasa y vive en una frustración continuada.
Almacena autoodio y agresividad hacia sí y hacia los demás. -
Está malhumorado, triste e incluso puede deprimirse. -
Está necesitado de una sobreestimación que no le satisface.
Vive insatisfecho y envidia al vecino. -
Está superceloso de cualquier persona que se acerque a su madre,
etc. Antes
de los cinco años, se puede sospechar este funcionamiento neurótico.
Tratando la dinámica familiar es posible mejorar algunos aspectos,
evitar que empeore el cuadro y en algunos casos, si el paciente ayuda,
incluso puede resolverse el problema. Si
ello no se consigue en la tercera infancia (6-12) hay que apostar, sin
miedo, por una decidida intervención terapéutica. Si por falta de
disciplina, falta de motivación o desvalorización del cuadro, miedo,
abandono o dejadez parental para afrontar el problema, o pánico a
consultar a un psiquiatra o un psicólogo no se lleva a cabo, tendremos
a la vista el desarrollo de un adolescente de riesgo. SÍNTOMAS Y CUESTIONARIO DE NEUROTICISMO (Q-2-O) Con
el cuestionario Q-2-O (diseñado en nuestro CSMIJ "Centre de Salut
Mental Infantil i Juvenil" de la Comarca de Osona, en Vic, Cataluña),
se puede obtener un perfil del neuroticismo del paciente
(Anexo 1). Hay
que solicitar que los padres (juntos o por separado), familiares
cercanos que convivan con el paciente, maestros, etc., lo rellenen según
el siguiente baremo: N
(no); A (Algunas veces); B (Bastantes veces); M (Muchas veces). Los
síntomas que agrupamos bajo estos diez conceptos (decálogo que no es
definitivo y que lo estamos revisando día a día) los hemos extraído
de nuestras historias clínicas después de diez años de experiencia en
el tratamiento de niños y jóvenes neuróticos en el CSMIJ d'Osona. Llevamos
dos años validando su eficacia, y aunque una escala nunca es diagnóstica,
constituye un buen apoyo para elaborar dicho perfil y determinar el
subgrupo al que pertenece. Además, nos orienta sobre la estrategia
terapéutica adecuada. Egocentrismo Evaluamos,
en primer lugar, aspectos del egocentrismo cada vez más egoísta del
paciente neurótico. A veces, se manifiesta a través de un protagonismo
excesivo y dan la sensación -dicen los padres- de que ellos son
"lo único importante". Otros, hacen llamadas de atención de
lo más histriónicas. Las madres refieren que el niño "quiere que
estés por él". A ello se añade un afán posesivo y a menudo
"acaparador" y una tremenda dificultad para pensar en los demás.
No acostumbran a ser serviciales. Con esta permanente pequeñez psicológica,
los padres refieren a menudo que el niño o el adolescente no quiere
crecer. Insatisfacción El
malestar que produce el vivir insatisfecho es corroborado por los
padres: el paciente no valora las cosas que tiene. Por más que tenga,
no acaba de estar contento. Éste es un síntoma fundamental, muy a
tener en cuenta a la hora del tratamiento: es una baja autoestima que
muchos intentan disimular. Los padres afirman que "parece que no se
gusta". El
problema es que la autoestima no podrá afianzarse si la felicidad que
se espera alcanzar se basa sólo en el tener, olvidando que lo
importante es, ser. Por
la misma causa, se muestra envidioso de lo que tienen los demás y muy
celoso, ya que necesitado del afecto materno (en exclusiva), no puede
compartirlo con nadie de la familia. Es una muestra clara de que los
celos son siempre secundarios a una inmadurez afectiva. Intolerancia a las frustraciones Otro
síntoma capital es la negación de culpa, que generalmente proyecta: la
culpa siempre es de los demás. La fragilidad personal le hace
caprichoso e intolerante a las frustraciones. Fácilmente se revela o
llora si se le lleva la contraria. Es muy sensible a las bromas y al ridículo,
aunque es capaz de reírse de todos y de todo. Ansiedad. Angustia El
síntoma que define la neurosis, la ansiedad inmotivada, puede estar muy
presente o no. Insistimos en este punto porque a veces, el sufrimiento y
el malestar del neurótico, siempre de base ansiosa, queda opaco y sólo
se manifiestan a través de otros síntomas como los que estamos
describiendo. Se
evaluarán los miedos, diversos en intensidad y presentación. La
inseguridad, las dudas, el lloriquear con facilidad o la presencia de
quejas somáticas (que a menudo exagera) son otros síntomas de esta
personalidad atormentada por el hecho de vivir y muy preocupada por su
seguridad personal. Inquietud psicomotriz El
síntoma más expuesto en una consulta de psicología y psiquiatría
infantil, el "niño nervioso" acostumbra a estar presente en
la exposición del problema. Hay
que valorar qué quiere decir el familiar con la palabra
"nervioso". Le invitaremos a que precise si se trata de una
inquietud psicomotora (el niño tiene necesidad de moverse, no puede
estar quieto) o si se trata de que es muy distraído o inatento, o
incluso que pasa rápidamente a la acción por ser en extremo impulsivo. Con
esta triada sintomática habrá que plantearse el diagnóstico
diferencial entre una personalidad neurótica o un trastorno por déficit
de atención. Distimia Agrupamos
aquí las diversas manifestaciones de uno de los síntomas más molestos
para la convivencia diaria. Nos referimos a los frecuentes cambios de
humor con tendencia al malhumor; se trata de un paciente quejoso y gruñón
o de los que sólo se lamentan de lo que les pasa. Protesta por sistema
o realiza una constante crítica de lo que acontece a su alrededor. Otros
pacientes son descritos como muy negativos o que actúan con una actitud
de oposición, que los padres describen como "Parece que disfrute
llevando la contraria". Indisciplina Los
problemas de conducta son en algunos casos determinantes y son el
motivo principal de la consulta: indisciplinado, desobediente,
intransigente, tozudo, inflexible, exigente, mentiroso e incluso
tramposo. Dicha sintomatología nos obligará a realizar el diagnóstico
diferencial con los trastornos de conducta o disociales. También
su actitud impertinente les puede llevar a querer tener siempre la última
palabra con lo que viven una situación de enfrentamiento con sus
padres. A
menudo las dificultades adaptativas se ponen de manifiesto a través de
una resistente selectividad en la comida, lo que contribuye a mantener
la situación de conflicto permanente. Agresividad Además
de la indisciplina, puede agravarse más la relación si se presentan
conductas en las que el paciente se muestra desafiador, irrespetuoso o
tiranizador de la madre o de otras personas. Complican
el cuadro, la presencia de la agresividad verbal (o no verbal) e incluso
la agresividad en el juego. Pereza La
personalidad del neurótico, en algunos subgrupos, se presenta con la
queja familiar de que su hijo es un perfecto gandul. La
pereza acompaña casi siempre a este perfil y en el fondo es el síntoma
responsable de su persistencia. Sin esfuerzo no hay realización
personal. Nuestro paciente, para salir de esta situación de
estancamiento psicológico necesitará, en última instancia,
esforzarse. Y deberá decidirlo él. Este
síntoma es fundamental para realizar el diagnóstico diferencial en
aquellos casos en los que se plantea si el paciente apático no puede o
no quiere. El
paciente se siente incapaz de hacer un esfuerzo para cambiar nada, no
tiene actitud de trabajo (cumplir su deber u obligación), es un gran
irresponsable, no asume las tareas que le corresponden, puede mostrarse
pasivo o lento. Como
contraste, es capaz de esforzarse si una cosa le gusta. Yo soy así Se
trata del síntoma definitivo, que sirve de justificación a su
conducta, con lo cual, el paciente no mueve ni un dedo para modificar
nada. Su justificación es diáfana: "Si yo soy así, que se le va
a hacer". Son los demás los que tendrán que aguantarle. Valoración Aún
no nos atrevemos a cuantificar si de este decálogo de síntomas han de
ser positivos cuatro, seis o siete de ellos para hablar de trastorno de
personalidad neurótica (TPN), porque es una apreciación más
cualitativa que cuantitativa, y orientadora del tratamiento. Las
respuestas B y M tienen valor. Aquellos conceptos en los que las
respuestas B y M sumen mayoría priorizan la problemática a tratar,
aunque también un solo síntoma puede ser importante (p. ej. celos o
agresividad) y precisará nuestra atención terapéutica. Si
es muy positivo el cuestionario Q-2-0 en dos ámbitos distintos (p. ej.
el escolar y el familiar), habrá que valorar si no hay un problema
mayor que el del neuroticismo. Si
el cuestionario que ha llenado la familia es muy positivo y el escolar
es negativo, determina que el paciente tiene capacidad de control, pero
nos indica que el problema neurótico está ahí.
TRATAMIENTO Y EVOLUCIÓN del TPN en el Adolescente No
se encuentra en el exterior, sino dentro de nosotros mismos el origen más
frecuente y constante de nuestro malestar. No son los demás los
culpables de la agresividad que me domina (activa o reprimida) sino que
ésta nace de mi propia impotencia. Reconocer
y aceptar las propias debilidades permitirá romper el antiguo y fatal
aprendizaje y emprender nuevos caminos. Las
ventajas de ser neurótico que nos permiten instalarnos en la neurosis,
son: ayuda, compasión, sumisión a los demás, llamadas de atención,
huida de las responsabilidades, fuente de excusas para justificar el
comportamiento y otros mecanismos del temor y ansiedad (miedos, fobias,
ansiedad de separación, rituales...) para evitar enfrentarnos a la
realidad. Es
preciso conseguir que el sufrimiento como neurótico, sea superior a las
ventajas que la neurosis proporciona, porque entonces desearemos ponerle
remedio y será el primer paso hacia la curación. Los
temores, la pereza, los miedos y la ansiedad evitan enfrentarnos con la
realidad. No
hay otra forma de realizarnos que amando. Hemos de aprender a querer, a
estar de buen humor, a ser pacientes, tolerantes y agradables a los demás,
por cercanos o lejanos que estén. Estrategias terapéuticas psicológicas individuales Son
válidas a partir de los 5-7 años, cuando los niños ya tienen una
capacidad de razonamiento lógico por lo que están indicadas, tanto
para la tercera infancia (6-12 años) como para la adolescencia. Hay
que tener en cuenta que los trastornos neuróticos de la personalidad,
según se deduce de nuestro enfoque, se podrían incluir en los
trastornos del desarrollo. Y si hablamos en plural de trastornos neuróticos,
es precisamente para destacar la diversidad de formas que nos vamos a
encontrar, ya que se trata un cuadro sindrómico y no de una enfermedad
en el sentido estricto del término. Reconocimiento
de síntomas
Escribirlos
Nivel de preocupación o malestar que me suponen (0-100).
¿Qué hago ante esta preocupación, molestia o problema?
¿Tengo capacidad para resolver lo que me preocupa?
¿Depende de mí? Sí/No.
¿Qué otras cosas podría hacer? Alternativas. Mío es
el problema. Mía es la solución
Soy yo quien pierdo el control.
Soy yo quien tengo que recuperarlo.
La solución de mi problema la tengo dentro de mí. Yo no soy
así
No puedo aceptar la creencia de que yo soy así.
No puedo aceptar la creencia de que no puedo cambiar. He
de sublevarme contra esta falsa y cómoda creencia. ¿Dónde
encontraré más ayuda?
Piensa y descubre que quien más te puede ayudar eres tú.
Sólo debes quererlo, confiar en ti y esforzarte. ¡Sólo! Examina
tus posibilidades. Nivel de autoestima
El Yo físico: el cuerpo, aspecto, salud corporal...
El Yo profesional:
mi inteligencia,
mi razonamiento lógico,
mis rendimientos escolares,
mis actividades cotidianas,
mis aprendizajes,
El Yo social y afectivo:
Mi afectividad, mis emociones y sentimientos.
Mi relación afectiva con los demás:
¿quién me quiere? familiares, amigos, novia...
¿a quién quiero? id.
Mi sexualidad: intereses, deseos, realidades.
Rasgos de mi personalidad: los positivos, los negativos. Aspirar a
lo posible
He de darme cuenta y aceptar mi realidad, por lo que:
- He de asumir el grado justo de responsabilidad.
- Debo proponerme objetivos adecuados a mis posibilidades. Debo ver
las cosas diferentes
A mí mismo (valorarme de forma adecuada -Punto E-).
Debo cambiar mi humor.
Debo dejar de engañarme.
Debo ser más indulgente conmigo y aprender a perdonarme.
Debo aprender a usar la libertad: escoger, siempre es renunciar.
Hacerlo sin miedo.
Debo definirme sobre qué escala de valores quiero vivir. Autoestima
positiva
Finalmente debo descubrir mis propios valores.
¿Mi autoestima? Debo estar contento con mi realidad.
Debo querer a los demás.
Yo no soy el mejor.
Yo no soy el peor.
Con humildad seré más feliz.
Aceptaré como soy, pero con objetivos para progresar. La
formación de la conciencia. El super yo
¿Qué creo que está bien o mal? Decidirme.
Tomar partido y actuar en consecuencia. Otras
estrategias terapéuticas individuales Registros
de conductas a extinguir. Registros de acciones positivas a desarrollar, que exigen: priorizar las
acciones, un hábito, una práctica, una repetición, etc. Relajación
de Schultz Actividad
física:
Muy interesante para potenciar él Yo físico, de pacientes asténicos,
con problemas de coordinación, bronquíticos asmáticos, etc. Se
potencia el conocimiento y el dominio del esquema corporal.
Cualquier actividad física es una buena ayuda terapéutica
porque mejora el tono físico, vital para mejorar el tono psíquico. El
alma necesita un cuerpo estable sobre el que apoyarse.
Psicomotricidad. Hay centros muy preparados para ello.
Deporte individual: gimnasia, natación, atletismo, tenis, judo.
Deporte colectivo, competitivo o no. Actividad
psicopedagógica: técnicas de estudio, apoyo escolar. Farmacología:
psicotónicos, ansiolíticos, antidepresivos. En
resumen, es preciso concretar y evaluar de una forma periódica las
acciones que el paciente se comprometa a llevar a cabo para seguir
estimulando la voluntad de cambio. Es
muy importante que sea el propio paciente quien se dé cuenta de qué le
pasa y de lo que está modificando con su nueva actitud. En
definitiva habrá pasado del no puedo cambiar nada (soy así) al yo
puedo. Estrategias psicológicas grupales En
la adolescencia son muy aconsejables. Existen diversas modalidades según
la tipología de los pacientes, las edades, la finalidad terapéutica o
la experiencia personal. Así pues, se pueden organizar grupos de
información y discusión abiertos y otros cerrados como los de
escenoterapia, etc. Estrategias familiares Una
vez hemos explicado a los familiares la problemática de la personalidad
neurótica debemos asesorarles sobre qué actitudes deben evitarse y
cuales pueden favorecer la mejoría de su hijo y por ende de la relación
familiar. Molesta
que a menudo, sea en el ámbito familiar donde haya más disputas, riñas
o discusiones. Se acusa al paciente de poseer una doble personalidad, en
casa es uno y fuera de ella, otro. Algunos tienen una conducta ejemplar
en la escuela y en cambio en casa son unos tiranos impertinentes, sobre
todo con las madres. Les
decimos a los padres que "las personas somos auténticas cuando
estamos en casa, en bata y zapatillas" por lo que no es de extrañar
que fuera de casa el paciente tenga suficiente control (la conciencia o
el super yo funcionan correctamente) para tener una conducta adecuada a
sus intereses. Pero ello a costa de una tensión excesiva que libera
cuando está en su hogar. Hemos
resumido en el anexo 2, las acciones que deberían
omitirse y las que deberían llevarse a cabo, con continuidad y el máximo
de unidad educativa. En
las visitas de seguimiento con el psiquiatra o el psicólogo se comentará
la evolución y se tomarán las directrices precisas en cada caso. En el
fondo ayudar a superar los problemas de una personalidad neurótica es
conseguir iniciar una nueva forma de vida, para que paulatinamente los
padres y el propio paciente vayan encontrando la seguridad, y que cada
uno en su rol, desarrolle el papel que le corresponda. La evolución en los pacientes bien atendidos es buena en un 80% de los casos. El 20% restante serían los perfiles más difíciles (por lo tanto menos modificables con las estrategias terapéuticas descritas), bien porque evolucionan hacia formas más graves de neurosis, se complican con patologías duales o derivan hacia patologías más graves. BIBLIOGRAFÍA 1. De Moragas J. Los inadaptados. Ed. Nova Terra. Barcelona, 1970. 2. Jordà L. Manual del buen neurótico. Ed. Thassàlia. Barcelona, 1995. 3. Folch i Camarasa L. Educar a los hijos cada día es más difícil. Eumo-Octaedro. Barcelona, 1999. 4. Kanner L. Psiquiatría infantil. Paidos-Psique. Buenos Aires, 1966. 5. Mendiguchia FJ. Psiquiatría infanto-juvenil. Ediciones del Castillo, S.A. Madrid, 1980. 6. Vallejo JA. Introducción a la Psiquiatría. Ed. Científico-Médica. Madrid, 1977. 7. Tomas, J. Trastornos por abuso sexual. Ed. Laertes, 1999. |