NUMERO 2 - noviembre de 2000
Hospitales Medievales en el Camino de Santiago
Poco o nada tuvieron que ver con los hospitales que conocemos en este siglo que ahora se despide. En el siglo XV, la enfermedad para los cristianos no significaba una consecuencia del pecado y por ello a los enfermos se les consideraba un miembro especial con el que debía ejercerse caridad.

Esto dio sentido a la asistencia sanitaria desinteresada, incluso con peligro de la propia vida de quien sanaba. De este modo, los hospitales surgidos en toda la Europa Medieval a partir de esta mentalidad no fueron instituciones para toda la población, sino centros de acogida para desvalidos y enfermos, con los que ejercer la caridad cristiana.

Afrontar el camino tenía un fuerte componente de aventura pues, tal como señalan las narraciones y guías de peregrinación, eran frecuentes los ataques de salteadores y ladrones a los peregrinos, como los de animales, lobos y osos principalmente. Fernando "el Católico" dispuso que se persiguiera a quienes "prenden et roban, et manan, et fieren". Constan noticias de ajusticiamientos por estas causas en distintas localidades del camino.

Durante la Edad Media la mayoría hacían el camino de Pascua a San Miguel, y muy pocos se arriesgaban a hacerlo en invierno. El Hospicio de Roncesvalles fue fundado en 1132 por el obispo de Pamplona debido al elevado número de muertes de peregrinos en la zona, unos perdidos en las tormentas de nieve y otros, devorados por los lobos. Y es que era frecuente enfermar durante el viaje, pues había que soportar las fatigas e incomodidades inherentes a tan largo desplazamiento en condiciones adversas.

Hubo muchas formas y clases de centros, tanto por su tamaño como por su tipo de fundación. Hubo hospitales monásticos vinculados sobre todo a los cluniacenses como el de Santa María de Nájera donado por Alfonso VI a Cluny en 1079, pero también hospitales fundados por monarcas, cofradías de tipo gremial, por obispos o personas particulares en legados testamentarios.

Posteriormente y consecuencia del crecimiento urbano, la estructura económica de la población y el proliferar de las fundaciones, hizo que la iglesia dejase de asumir en solitario estas tareas asistenciales relativas a salud y beneficencia.

La mayoría de los hospitales eran pequeños, simplemente un local donde se instalaban unas cuantas camas para peregrinos y enfermos. Casi todas tenía capilla o ermita con cementerio propio.

Los hospitales estaban hechos fundamentalmente para los peregrinos pobres, no solía haber médicos ni aparejos necesarios para curar, se trataba más bien de lugares donde aislarán los enfermos de lepra, considerada como muy contagiosa en aquella época, o ignis sacer o fuego de San Antonio, enfermedad producida por comer centeno contaminado que, por los síntomas, se tenía por contagiosa.

En los estatutos de estos hospitales figuraba la obligación de separar los peregrinos de acuerdo con su sexo, cuestión que era bastante difícil de cumplir en los de pequeño tamaño.

La alimentación de los peregrinos fue una de las principales funciones de estos centros. En muchos se daba pan y vino, pero en otros, también verduras y carne o pescado.

La función principal de los hospitales de la ruta era la de poner a los peregrinos en condiciones de continuar el viaje hasta llegar a Santiago. Los grandes hospitales de construcciones renacentistas contaban con patios en su interior y varios pisos. En las peregrinerías se daba alojamiento y comida a los sanos y en la planta alta estaban las distintas enfermerías, algunas de ellas reservadas para personajes especiales. Nobles y sacerdotes.

Para que los médicos y el resto del personal asistencial pudiera entenderse con los peregrinos extranjeros, los capellanes de lenguas actuaban como intérpretes.

Algunos hospitales tenían botica propia, donde se preparaban los medicamentos necesarios, también contaban con un huerto para el cultivo de plantas medicinales.

  Un hospital de cinco estrellas
Situado en un paso tan obligado como dificil, por la fatigosa soledad del recorrido y por las montañas y gargantas que lo envuelven, el Hospital de Roncesvalles desempeña una función esencial para el peregrino que necesita cruzar el paso pirenaico. En su acta de fundación se habla de "los muchos miles de peregrinos muertos, algunos asfixiados por las tormentas de nieve, muchos otros atacados y devorados vivos por los lobos".

El hospital, a pesar de estar situado entre montes a menudo nevados, envueltos en una inmensa niebla y sobre un terreno totálmente pobre, logra desde el principio acoger y abastecer a los pobres, a los enfermos y peregrinos que se detienen ante su puerta. Dirigido por una comunidad de agustinos, la estructura se caracteriza por su amplitud y la cantidad de medios disponibles.

Ya en la misma puerta de entrada se encuentra un encargado que reparte pan a quien va de camino y lo pide. Al que entra, como primera medida se le lavan los pies y la cabeza, se le afeita, se le peina y se le recomponen sus zapatos gastados. El lavado de pies del peregrino es fundamental para quien administra un hospital. Recuerda simbólicamente a Jesucristo lavándole los pies a los apóstoles y se considera un gesto de caridad y de humildad, además de cómo gesto de higiene para dar descanso a quien ha caminado durante horas. La alimentación que se suministra a los viajeros se compone de pan, legumbres, verduras e incluso fruta traída de muy lejos.

Además el hospital se ocupa de los enfermos, facilitándoles una cama blanda y cómoda en recintos separados por sexos e iluminados de noche. Cuando muere algún peregrino, aquí recibe digna sepultura. Pero más allá de los servicios materiales, prestados por la caridad cristiana, los hospitales no suelen nunca descuidar el alma de quien se detiene en ellos. Pobres y peregrinos pueden disfrutar en la capilla del hospital o en una iglesia cercana de servicios religiosos y especialmente de la misa del domingo.

 

En 1.132 se fundó el Hospicio de Roncesvalles debido a numerosas muertes de peregrinos en la zona

 

  Santo sanador
El recurso a los santos sanadores era habitual en la sociedad medieval y , para los peregrinos el sanador por excelencia es Santiago. Según el Codex Calixtinus, el apóstol devolvía la vista a los ciegos, el oído a los sordos, el paso a los cojos y así una larga lista de enfermedades que curaba.

Aún más, las propias conchas distintivas del peregrino tenían propiedades curativas.